Llevo un montón de tiempo sin escribir. Quizás es que últimamente tengo mucho en que pensar y poco que decir. No todo se puede decir y explicar. No creo que sea necesario y como dice el gran Toni Segarra, “en realidad es una enfermedad, y es casi incurable”.

A veces me da por escribir y escribir, cuando lo que en realidad hago es no pensar. Si escribo sobre algo, sencillamente dejo de pensar en ello, una medicina que muchos identifican con el arte, yo con la higiene mental. En cualquier caso hoy he pretendido hablar sobre algo sencillo, pero importante: objetos

Soy un gran curioso. Muchos dirán que es la forma amable de denominar “consumista”, pero estoy convencido (al menos en mi caso) que gran parte de los objetos que compro obedecen a satisfacer una mera curiosidad.

Con los años he ido comprando menos objetos en base a una norma sencilla: selección. Hoy e inclino por pensar que me resulta mas fácil desprenderme de la mayoría, en vez de acumularlos. No es que sea un desprendido (¡válgame Dios!) es que realmente pienso que los objetos pesan en el alma, mas que en su masa.

Lo curioso al caso, es que mientras trato prescindir de muchos objetos, y adquirir menos, hay otros que lejos de pesar, nunca llenan suficiente espacio. No me siento capaz de realizar una lista completa, pero de primeras me vienen a la mente los libros. Me voy a contradecir (la historia de mi vida), admito que cuando leo un libro, prefiero hacerlo en formato digital por sus múltiples ventajas. Pero si el libro me gusta, no puedo pasar sin tenerlo impreso (y viceversa). ¿Manías?… a estas alturas de mi vida, procuro criticarme poco y consentirme mucho en un infructuoso intento de entenderme mejor.

Os parecerá frívolo pero la gran alegría de la semana está siendo la adquisición de un nuevo objeto. He tardado meses en seleccionarlo. Existe una extraña relación entre el deseo y la felicidad que por lo general disminuye cuando el primero acaba por ser complacido. Tan solo los grandes productos mantienen ese amor vivo. Lamentablemente vivimos en un mundo donde se planea la obsolescencia. Es una atentado directo contra el amor por los objetos.

De siempre me han enseñado a cuidar las cosas. Es lago que lo tengo muy dentro. Recuerdo a mi padre cepillando los zapatos en el garaje. Los dejaba como nuevos pese a tener muchos años. No es que pasase penurias como para no comprar zapatos, es que a su vez eso, se lo enseño su padre. Recuerdo a mi madre arreglando casi cualquier objeto de la casa. Motivada por un control del gasto, (que muchos financieros tendrían que aprende)r, siempre me dijo que si cuidas las cosas estas duran mas. Que gran verdad.

Aichaku y la exprimidora
Aichaku y la exprimidora

En cualquier caso, esta verdad puede verse comprometida: la nueva economía nos impide tener objetos viejos ya que estos mueren pronto. Tan solo existe una excepción: los grandes productos. Es el caso de mi última compra.

Mi gran inversión es un exprimidor. Si esperabais una pieza de tecnología, arte o sencillamente una marca de lujo, es que no me conocéis suficientemente (no os culpo, yo tampoco)

Cuando realizamos una compra meditada, nos engañamos. En mi opinión, las sensaciones mandan sobre la razón, porque esta es limitada, mientras que la primera es la forma “no verbal” de archivar conocimientos. Esto se demuestra con el fuerte sentimiento de autoafirmación que nos domina cuando adquirimos un objeto, y muchas de las decisiones que tomamos no sólo se rigen por la lógica.

Los Japoneses tienen una gran palabra para esto: Aichaku. Describe el sentido del vínculo que alguien puede sentir por un objeto. No es materialismo, es una sensación. Esta puede ser tan profunda que nos transforme. Es una especie de amor simbiótico por un objeto que merece afecto no por lo que hace, sino por lo que es. Esta es una de las razones mas profundas por la que amo mi profesión, porque mas allá de “vender” estoy convencido que podemos generar vínculos. Pero mi profundo respeto está en los diseñadores. Si realizan un trabajo notable, pueden crear objetos que la gente llegue a amar, cuidar y poseer toda la vida.

Mi exprimidor es un ejemplo de lo que digo. No tiene una tecnología punta, pese a que el mundo de la extracción de jugo ha avanzado una barbaridad. Mi exprimidor no es sofisticado. Tan solo tiene tres piezas. No lo hicieron por ahorrar costes de producción, si no pensando en la facilidad de desmontaje a la hora de limpiarlo. El resultado es que tardas menos en su limpieza que en la extracción del jugo. Mi exprimidor no es moderno, pese a que lo compré esta semana, lleva mas de 30 años en el mercado. Mi exprimidor no está fabricado por una marca cool, si no por una marca de electrodomentiscos alemanes : braun. Mi exprimidora no es cara, me ha costado 22€.

Entre comparativas, precios, características, consumos, mantenimiento, garantías, recomendaciones… sencillamente me enamoré de su simplicidad y sus evocaciones. Su diseño, no solo es bonito, es simple, blanco, puro. No tiene objetos, decoraciones ni características efímeras, sencillamente exprime. Pero lo mas importante, lo que me impulsó a comparo fue el Aichaku. El braun multiquick 5 era el exprimidor que había en la casa de mis padres cuando yo era pequeño y de hecho sigue dando guerra como el primer día.

Un objeto que dure tantos años, esté vinculado a tantos momentos, tantas mañanas, que siga a la venta y que sea líder de venta en grandes almacenes, tan solo me dice dos cosas:

1) OLE!!

2) A tomar por culo la obsolescencia y los malos productos que no aportan nada

 

…sigo

 

Escrito por @ciberfefo

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