Sergio era esquivo y distante, una persona amable trabajadora y con un gran corazón. Sin embargo el espacio entre el mundo y el cada vez era mayor, no entendía lo que sucedía a su alrededor. No era una cuestión de conocimientos o experiencia, le sobraban las dos, lo que no comprendía era a la gente, su levedad, cortoplacismo, irresponsabilidad y egoísmo, como sin aportar podían exigir tanto. Mientras la mayoría no se percataba de ello o sencillamente lo pasaban por alto a Sergio le dolía, por eso cogía distancia. Una lejanía que se hacía cada vez mayor.

Sergio era un amante de la buena pintura, pasaba las tardes enteras en el museo. Era el único lugar donde se sentía seguro. Las pinturas colgadas en sus paredes representaban una historia tras otra que le transportaba a otro lugar. Uno mejor, diferente, más bonito y sencillo donde la distancia con el mundo no existía.

Conocía de memoria cada pasillo, cada pared, cada colección, cada cuadro. El amor que sentía por aquel lugar no lo podía expresar con palabras, tan solo “estando” allí. Había una pintura en especial una de un pintor poco reconocido, pero con cierto valor artístico. El cuadro se llamaba “la familia”. En el se representaba una escena cotidiana de una familia trabajadora de mediados del siglo XIX en lo que se supone era una estancia parecida a nuestras cocinas. El padre preparándose para irse a trabajar mientras come una hogaza de pan. La madre tratando de alimentar a su hijo pequeño. Este distraído con los utensilios del padre. Por último, a los pies del padre y saliendo por debajo de la mesa entre los manteles, la hija mayor jugando con las citadas herramientas. No era un cuadro que llamase la atención, de hecho lo habían descatalogado pero aún seguía colgado de las paredes del museo en un hall.

Sergio estaba enamorado de este cuadro por su naturalidad, por la luz, por los matices, por la humanidad desbordante. Era la razón por la que acudía cada tarde al museo. Un día cualquiera acudió como siempres al hall del museo, allí se sentó para disfrutar de la pintura de sus amores, pero algo extraño sucedió. Algo había cambiado, la pintura que tanto amaba y tan bien conocía había cambiado. No podía decir con exactitud qué, pero no era el mismo cuadro. Lo miró, lo estudió, cada vez que regresaba al día siguiente el cuadro estaba más y más cambiado.

Alarmado pidió una cita con el director del museo y le expuso su preocupación. Este le escuchó amablemente y cuando terminó le dio una respuesta contundente: “Querido amigo, lo primero, gracias por ser un asiduo visitante de nuestro maltrecho museo. Cada vez viene menos gente por este lugar y verle cada día entre nosotros nos llena de orgullo. Sin embargo tu inquietud por el cuadro que me indica, no tiene base. “La familia” es la misma pintura que entró en este museo hace ya casi 76 años y no ha sufrido restauración o manipulación en absoluto. Lo que me llama la atención es con la cantidad de joyas que tenemos en nuestras estancias, se preocupe precisamente por una pieza de decoración“.

EL director no entendía de sentimientos, de apegos ni de personas. “Dudo mucho que entienda usted de arte, entonces“. Haciendo alarde de su característica diplomacia, Sergio abandonó el despacho del director en parte enfadado y en parte dolido. Decidido averiguar lo que sucedía a su pintura por sus propios medios.

Pasaron meses sin que Sergio averiguara nada. Cada tarde se pasaba las horas observando el cuadro, pero no consiguió avanzar en su investigación.  Un día, en pleno otoño le dieron el día libre en el trabajo y decidió acudir también aquella mañana. Decidió no sentarse frente del cuadro com ode costumbre si no en una sala aledaña donde tenía buena vista de su pintura. Entonces vio una escena que le quitó el aire. Un grupo de estudiantes que visitaban el museo esperaban en el hall a los guías. Unos chicos sacaron sus bolígrafos y empezaron a trazar pequeñas líneas en las caras, manos y objetos del cuadro.

Sergio saltó como un rallo contra ellos chillando e increpando a los jóvenes. Fue una escena muy desagradable donde unos adolescentes que hacían una trastada se llevaron una bronca tremenda. El Director que pasaba por ahí se quedó  congelado al ver a Sergio tan afectado. Lógicamente pidió responsabilidades a los profesores de los chiquillos y se llevó a Sergio a su despacho.

Sergio estaba fuera de si “¡Se lo dije!” repetía sin cesar. Cuando este se tranquilizó el Director le explicó la situación: “Sergio, tranquílizate. Se que esta pintura es tu favorita, pero no es más que un objeto de decoración. Nosotros nunca hemos sido un museo muy cercano, cada colección se ha organizado por su lado y es justo ahora cuando parece que todo funciona de nuevo gracias a los nuevos visitantes de las escuelas es cuando lo quieres reventar todo. Cierto que estos nuevos invitados tienen sus pormenores, pero mientras lo sufran los objetos de decoración y no nuestras obras de arte, todos contentos

Pasaron varias semanas hasta que Sergio se repuso del  disgusto. En todo este tiempo no visitó el museo, le dolía demasiado ver su cuadro en esas condiciones. Esa tarde sacó fuerzas y se acercó caminando a pasar la tarde en su galería como años atrás. Cuando llegó todo había cambiado: los salones, los pasillos, la iluminación, las exposiciones… y como no, la decoración.

En el último mes se aprobó un plan general para impulsar las visitas a los museos y en el proceso un equipo de marketing s hizo cargo de optimizar los espacios para “conectar mejor con el público”. ¿Que coño sabían ellos de conectar cuando no sabían quien era su público? el único visitante real que tenían era el y nadie le había preguntado como mejorar el espacio.

Sergio tomó asiento en el nuevo hall. Ahora tenía mucha luz , consistía en un espacio diáfano, limpio que conectaba de manera natural con los pasillos que dirigían a las nuevas exposiciones. Parecía un lugar nuevo. Lo que no cambió en absoluto era la afluencia de gente. Al dirigirse al baño, Sergio vio su cuadro colgado en un pasillo, junto a un extintor. No había casi luz y la pintura estaba mucho más dañada que antes por los vándalos. Sergio no pudo evitar llorar como un niño.

No lloró por pena, lo hacía por aceptación. Se dio cuenta que podía controlar su tiempo, su cuerpo y su mente, pero no la de los demás. Si alguien decidía destrozar un cuadro para divertirse, el solo podía aceptarlo. Si alguien decidía dejarse engañar para remodelar un museo y no conseguir nada a cambio, mientras le robaban todo el dinero que habían ahorrado tras años de trabajo,  el solo podía aceptarlo. Que su cuadro favorito, dañado y maltrecho decorase ahora el pasillo del baño junto al extintor, el solo podía aceptarlo.

Sergio no volvió al museo.

Las circunstancias pocas veces vienen como uno se las espera y si es así, pronto cambiarán. No podemos cambiar a las otras personas tan solo podemos aceptarlas y en ese rango decidiremos si las queremos cerca o no. La aceptación es el mayor gesto de respeto por los demás y por uno mismo pero por mucho que aceptemos según que situaciones, si hacen daño, hay que evitarlas. Eso no quita que amemos un museo o una pintura, tan solo que nos duele verlos así.

Fin.

 

NOTA: Aunque Sergio no regresara al museo, contempla la pintura que tanto quiere cada día. Porque el futuro lo construimos ahora, pero el pasado nos persigue toda la vida. “La familia” ya no es un elemento decorativo del pasillo del baño, es un recuerdo precioso que nadie podrá a rematar jamás a Sergio.

Escrito por @ciberfefo

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